Si tienes la sensación de estar haciendo el gilipollas, no es una sensación.

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Si tienes la sensación de estar haciendo el gilipollas, no es una sensación.

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Nov,2017

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Jueves. Hace una hora que tenía que haber salido del trabajo y estoy aquí, acabando de hacer ese reporte de la campaña de Linkedin. Y además Linkedin ha venido a putearme, y hacerme visitar ese perfil una y otra vez. Como si fuera tonta (más) y pareciera que tengo que cotillear su experiencia varias veces al día. Cual loca. Ahora que ha vuelto a mi recuerdo después de aquel Like de mierda, ahora no puedo quedar tan mal. Por favor, Linkedin compórtate que voy a volver a clicar allí. GENIAL. Vuelta al principio de nuevo. 
 
 
Sara, hay que echarle huevos. ¿Cómo volver a hablar con alguien que te dejó de hablar sin saber por qué, y encima tienes que explicarle qué haces visitando su perfil? Pues, ¿cómo va a ser? Redacta un mensaje de mierda, aséptico y envíaselo. 
 
Escrito. Repasado. Cambiado una coma. Sentir que sigues siendo gilipollas por tener que dar explicaciones: ENVIADO. 
 
Concentración, tengo que acabar este informe ya e irme a casa. Se me está atragantando la semana, y ahora mucho más. Era una persona que ya no ocupaba ni un microsegundo al día en mi cabeza desde hace meses y ahora tengo que preocuparme en decirle que problemas tengo con no sé que red social. No tenemos nada de que hablar. En ninguna de las dos direcciones. Oops. Parece que sí: acaba de responderme. 
 
El principio del final.
 
¿LITERAL?
 
Desde aquel momento nos intercambiamos una serie de mensajes sin contenido ni sentido, en los cuales incluso volvimos a darnos nuestros números de teléfono y haciendo la situación rara. Rara. RARA. Estaba volviendo a relacionarme COMO SI NADA con alguien del que necesitaba escuchar muchas respuestas a muchas de las mil y una preguntas que me dejó en la boca aquel enero en el que decidió no volver a hablarme. Desaparecer, sin dar ni una sola explicación, dejándome con una cara de póker que no os imagináis.
 
Mordí el polvo, no nos engañemos. No sé como explicar lo que ocurrió en mi cerebro durante un par de días. No puedo decir que me rompiera el corazón, porque no, pero tampoco puedo decir que no me importara y que solo quedara en un mal entendido.
 
Fue algo muy parecido a montarse en una montaña rusa con una mezcla de emoción, miedo y ganas. Esa sensación de cuando estás arriba, crees que lo tienes todo controlado y de repente, llega. Esa caída vertical en la que quieres gritar pero no puedes, porque el miedo te ha dejado sin voz. Y durante el resto del recorrido piensas que habiendo pasado eso, que ha sido lo peor, cualquier otra cosa te va a parecer un salto chiquitito. Y estás deseando llegar abajo, recuperar la voz, recomponerte y contarlo a todo el mundo. Contar que VAN A FLIPAR primero, y segundo que van a querer investigar porqué, el qué, o cómo se produce esa sensación en tu cuerpo. Buscar la respuesta a tus preguntas de curiosa. 
 
IGUAL.
 
Solo que cuando me bajé de aquella montaña rusa cuando era una puta cría, alguien me dio las respuestas. 
No ocurrió lo mismo en este caso. Esperé horas, días. Una semana. Y me preguntaréis por qué. Porque el me lo pidió, tiempo para responder a mis inquietudes. Pero ese tiempo pasaba, y yo no recibía nada, ni una sola señal. Y como todo en la vida, el tiempo no es infinito, tampoco para mí, mucho menos para él. E hice lo que la cabeza me pedía hacer: borrar cualquier conexión física, digital y corporal entre nosotros. 
 
Y os preguntareis si él hizo lo mismo conmigo. La respuesta es sí. No darme respuestas no le pareció lo suficientemente egoísta, por lo que decidió alejarse de mí. Dejándome con las preguntas agolpadas contra los dientes. 
 
Hasta ese día, en aquella maldita boda. En la que lo más importante, como no es de extrañar, era el amor. Salí a fumar, un piti de esos que digo que no fumo, y para entretenerme, y tomar el aire un poco más, me puse a repasar mis conversaciones de Whatsapp. Y allí estaba aquel ‘Ay’. Dudé si contestar. Lo vi. Salí. Entre. Escribí algo que borré, algo MALO que borré. Y volví a salir. 
 
Era, y es, una espinita. Amor, interés, atención. Todo eso quedó atrás. Pero no todas mis dudas, esas siguen en mi cabeza. Y quieren respuesta. Y por qué no. A lo mejor él merece una segunda oportunidad, explicarse y dejarle hacer, si de verdad lleva buenas intenciones. Mi alma me pudo. Porque han ocurrido tantas cosas malas y destructivas este año en mi vida, que he aprendido a relativizar, a priorizar y a valorar los buenos momentos.
 
Le contesté. 
Bien. 
Le pregunté. 
Le reí las gracias. 
Le piropee. 
Me respondí algo que me rajó por dentro. 
Hablamos de quedar. 
Y volvió a llegar el silencio. 
 
Yo volví a entrar al baile después de aquellos tropecientos mil pitis, intercalados en varios descansos y en varias negaciones a preguntas cruzadas de ‘Sara, ¿qué te pasa?’
 
Y no es que no quisiera responder a la pregunta, es que no sabía qué me pasaba. No sabía si quería llorar, reír, tirarme por la terraza o darme cabezazos contra la pared mientras me gritaba, ¿qué estabas esperando?
Porque la sensación que tenía al hablar con él no era renacer, no era complicidad pasada, no era un comienzo nuevo DE LO QUE FUERA, era pérdida progresiva de la dignidad. 
 
Porque si tienes la sensación de estar haciendo el gilipollas, no es una sensación. Una sensación simple. Creer que el interés de alguien que habla contigo existe no es pedir demasiado. Es seguir creyendo en la parte positiva de las relaciones humanas. 
 
Y desde tu buen hacer, con tu corazón en la mano sientes que el interés es solo tuyo. HUYE. No envíes una foto con todo tu amor para solo recibir un ‘Ole’. Y más silencio de nuevo. No dejes que la situación de controle a ti y tú no controles la situación, cuando la situación no lo merece. 
 
Porque hay quien dice que los peores miedos viven en la anticipación. Pero la anticipación es tan presente, tan ahora, tan real. Que ni un gramo de dignidad más.

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