¿Notas el rock’n roll?

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¿Notas el rock’n roll?

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May,2015

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Hace apenas 24 horas juraba y perjuraba que no saldría. Que al poner un pie en casa iría directamente a cenar y a la cama. Y que me pasaría 3 días dormitando, escribiendo y viendo series. Tiempo para mí, que en los últimos 40 días a penas he podido descansar. Pero como si me sintieras, sintieras que había pensado en mí, allí estabas. En la puerta de la estación, a recogerme como otras tantas veces me habías esperado.

La verdad es que no estaba segura de que estuvieses allí por mí, así que me puse digna, cogí mi maleta y me dirigí, con paso firme y seguro, hacia mi casa. Al pasar a tu altura, pero por la acera contraria, bufasté. ‘Pequeña, ven que te acerco’. Aún ahora, casi 24 horas de aquello no puedo definir bien lo que sentí. A la vez odio, a la vez irremediable amor. Quería que no se notara que iba a hacer como que no te había escuchado y seguir mi camino, pero a esa hora, en esa calle, y con esa entonación del ‘pequeña’ sabía que no tenía escapatoria. Así que me dirigí hacia allí, con las ideas claras. O eso creía yo.

  • ¿Qué haces aquí?
  • He venido a buscarte.
  • Tú ya no tienes que venir a buscarme. ¿Quién te lo ha dicho?
  • Me crucé con tu hermano esta tarde. ¿Te gustaron las flores?

Madre mía, que guapo estaba, con esos vaqueros que tan bien le quedaban, la camisa de cuadros que sabía que me encantaba, zapatillas y gafas. Esas gafas de pasta que hasta yo he utilizado para leer alguna vez. Y las flores, esa es otra. En la oficina, el día de mi cumpleaños. Hubiera muerto de amor al recibirlas. Pero no, me fallaba una cosa: que venían de ti. Eso justo es el mensaje que te envíe en forma de ‘agradecimiento’

  • Ya te dije que no me gustaron nada. –torcí el gesto.
  • No sé creía que te harían ilusión.
  • Hace 13 meses sí. Ahora solo me saben a algodón de azúcar rancio.

Eso sí que era verdad. Hace un año cuando me di cuenta en la vorágine en la que me había metido me habría cortado un brazo, y regalado todas mis lágrimas por un detalle así. Pero no ocurrió. Yo le dejé, porque en realidad no estaba conmigo, y ahí acabó nuestra relación. Que de bonito, no tenía nada. Hace 13 meses se acabaron las peleas, los ‘no soy ella’,  los polvos rápidos en el coche, los ‘hacemos como si no nos conociéramos de nada’ y demás desplantes que te permitía a la vez que mi dignidad tocaba fondo. No era ella, no lo iba a ser jamás, y tú jamás la ibas a dejar para tener conmigo quién sabe, algo que podía funcionar, o algo que quizás no.

No pude resistirme, me monté en el coche, llamé a mi madre. Perdón, mentí a mi madre, y me llevó a cenar. Paso a paso. Ritual a ritual. Que 2014 era todo aquello. Cenar en el mismo sitio, lo mismo de siempre. De la misma manera, en silencio. Comíamos en silencio mientras nos mirábamos, intentando meternos en la cabeza del otro. En aquel cuarto oscuro de aquel asqueroso bar. Todo a escondidas, como podéis suponer.

A mí me apetecía hablar y decirte todo lo que estaba pensando. Que he pensado en ti todos y cada uno de los días desde el último abril, pero que he reprimido las ganas de palparte, olerte y desnudarte a base de chocolate y mirarme todas las cicatrices que dejaste en mi cuerpo. Esa que tengo en la barriga del día que te ví paseando con ella, la de verdad, y al pasar a vuestro lado miré hacia otra parte. O la que tengo en el hombro, ese día que fuimos a la misma fiesta u otro chico puso su brazo sobre mis hombros en tu presencia. Notaba como ardía tu mirada en la mía en forma de reprobación. Recuerdo como acabamos haciendo las paces en el jardín, y en tu coche, y en mi colchón. Pero no, nunca. ¿Qué me has hecho? Quítate esa barba, que a ella no le gusta nada y que se supone que mantenías por mí.

Eso que estaba sintiendo, sabia que no era amor. Pero entonces, ¿qué era? Jamás podría odiarte, o no hablarte, o no ablandarme cuando me tocabas el pelo así. Qué más da lo que fuera. No sé porqué estaba ahí.

Pagaste la cena, me pinté los labios, y nos fuimos a tomar una copa. Así, como estábamos, sin hablar. Caminábamos uno al lado del otro,  hasta que resoplaste, y me abrazaste y caminábamos así. Yo haciendo como que tu pecho no rozaba mi espalda, y tú haciendo como que podías caminar mientras te chocabas con mis rodillas.

  • No sé si estoy enamorado de ti. O es ese rock’n roll que te hace tan diferente a las demás.

Zas. Me habría desecho como un yogur en una licuadora en ese momento. No era la primera vez que lo escuchaba, pero era la única vez que no me lo iba a creer. Aunque tocó fondo, claro que esas palabras tocaron mi fondo. Todas y cada una de esas sílabas. Me zafé, me dí la vuelta, te miré y clavaste tu mirada en mí. Estuvimos así cerca de 10 minutos, hasta que mi cuerpo decidió ponerse a llorar, y el tuyo decidió abrazarme con tanta fuerza que creía que podía llegar a dejar de respirar.

Cuando me repuse un poco, me separé y seguimos caminando, apenas estábamos a 100 metros del portal de mi casa. Me puse andar y caminaste detrás de mí. Sabía que estabas llorando, que te arrepentías de volver a hacerme todo este daño, pero tu yo egoísta pesaba más. Y vomitabas palabras que te hacían daño y que fuera dolerían menos, trasladándome todo el dolor a mí.

Saqué las llaves del bolso, abrí la puerta, entré, cerré la puerta y me apoyé en ella de espaldas. A los pocos minutos noté que estabas ahí detrás de mí, apoyado en el cristal. Mi espalda contra tu pecho. Cogí aire, y a los cinco minutos entré en el ascensor. Y allí te ví quedarte. Con menos peso y más dudas.

Entré en casa, me lavé los dientes y me metí en la cama con ropa. Si no es amor, ¿esto que es? Y lo peor de todo, ¿qué va a pasar en este par de días que me quedan aquí?

Maldita casa, maldito mi hermano. Maldito rock’n roll.

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