Me gustabas, pero te estoy cogiendo una manía…

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Me gustabas, pero te estoy cogiendo una manía…

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May,2017

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Desgana.
Desidia.
Galbana.
Dejadez.
Apatía. 

Eso es lo que me das. TODA LA PEREZA DEL MUNDO. 

Es viernes por la noche. Sábado ya de madrugada. Acabo de llegar a casa, y sentada en la cama me doy cuenta de que aunque, no quería pensarlo, lo pienso. Lo acabo de concluir: me gustabas, pero ya no. 

No me gustas nada. 
La apatía ha ganado al interés. 

De camino a casa he pensado en cuando te conocí. Meses atrás. Y me entraste bien, tengo que reconocerlo. Me empezaste a gustar y te empecé admirar. ¿Qué por qué? Porque no te conocía. Que valiente es la ignorancia, que encumbra a los patéticos y deja en la sombra a las personas que merecen la pena. 

No lo vi venir. Mis dudas, mi falta de experiencia y tu sobra de ella, te subieron al cielo a la velocidad del Concorde. Pero claro, no alcanzaste ni Júpiter, ni Neptuno, ni siquiera la luna, ni siquiera a mí, como querías, como otra vulgar de tus conquistas.  

En el mundo hay dos tipos de personas, las que ven El Hormiguero y las que no. No, pongámonos serios. Hay dos clases de personas: las transparentes y las que no. Personas transparentes aluciflipantes y personas que no. Y aunque tu realidad estuviera desnuda, abierta en canal ante mis ojos, me costó verlo. Me costó cambiar de perspectiva. Y cansarme de todo aquello, porque plátano es. Plata no es. 

No te voy a engañar. Cambiar la perspectiva me hizo una marca, me decepcionó. No eres malo, no tienes ni un solo gramo de maldad. Pero tienes formas de actuar, taras, que no te convierten, precisamente, en un buen ejemplo. Te perdí el respeto. ¿Qué por qué? Porque empezaste a no gustarme nada. Tú.  

Te oigo, te leo, me río si me tengo que reír, asiento y te doy la razón mientras pienso en la canción del anuncio de Avecren de cuando era pequeña. Y aún así creerás que sigo en la palma de tu mano cuando me las ingenio para no hacerte caso. Paso. Las estás cagando y no lo sabes. O quizás sí. Yo, desde este sitio, me seguiré riendo de ti y de tus nuevas víctimas, tal y como me río ahora de mi yo anterior. 

Qué desidia. Qué pocas ganas. Cuanto me irritas. Tu forma de tocarte el pelo, de andar, de sentarte en cualquier silla, tu forma de reír… ¡ay tu risa! Me aburre solo mirarte, como para escuchar tus idioteces. Y no por nada en concreto. Me cansas, tu mera existencia, me aburre. No te soporto. 

Solo tengo una cosa que explicar. No estoy enfadada contigo. Ni lo estoy, ni lo estaré. No has hecho nada malo. Pero no sé como has pasado a parecerme un ser humano insulso. Lo siento, siento mi mirada, lo intento, de verdad. Intento no mirarte como si te estuviera perdonando la vida. Pero es el propio desdén. 

Soy consciente de que no tengo ni un centavo de derecho a pensar esto. Y que seguramente mi mera existencia suponga el odio hacia mi persona de media galaxia. Solo quise ser tu amiga.

Y ahora ni siquiera quiero escucharte hablar. 

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