Sentirse fea. Otra vez.

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Sentirse fea. Otra vez.

24
Nov,2015

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*A Bea. 

“No sé, hoy me he levantado de la cama y me he mirado al espejo después de desperezarme. Joder, qué guapa, qué buena cara. No sé si será dormir bien o mis pantalones negro preferidos, pero que sexy me siento. Capaz de comerme el mundo, sin contar las calorías. 

Como pasa solo cada vez que pasa el cometa Halley, me he dejado el pelo suelto, ni muy peinado, ni muy bufado; salvaje, indomable, incoherente, fuera de la zona de confort… y me queda de p*** madre. Y la gente sé que lo nota cuando paso a su lado, cuando me ceden el paso al ascensor o cuando entro al trabajo como si me sintiera dentro de un videoclip. Sonrío, me devuelven la sonrisa, apreciando mi apariencia y confianza de hoy. Gracias. 

Aunque la alegría, como me ocurre siempre, me dura poco. En el ascensor me doy cuenta de que me sentía tan bien que no me he maquillado, tengo el rostro pálido y triste. Ni siquiera una gota de rímel, un tono de colorete o una pincelada de corrector. Tengo una pinta horrible. Seguramente ese hombre que sube conmigo en el ascensor, que me ha dado los buenos días con una sonrisa, está pensando que dónde voy con esta cara que se esconde tras mis gafas rojas. Qué más da cuanto me quisiera y cómo me sintiera hace apenas una hora. 

Fuera preocupaciones, tengo que trabajar, no tengo tiempo para atender mi cara y mucho menos mi pelo. No puedo pararme ni siquiera a hacerme un moño con mi goma de la muñeca. Intentaré que me vean poco, no puedo darle al mundo esta visión de mi, así de dejada, de natural pero nada de guapa. ¡Por Dios, pero que uñas! Ni demasiado largas, ni demasiado cortas, pero con la cutícula sin arreglar. Fijo que todos se dan cuenta en la presentación de hoy. Que, por cierto, tengo que recordar meter barriga y disimular este maldito michelín que todavía me entra en una talla 38. Tengo que aguantar la respiración y debería aguantar también el dolor de pies que se tengo cuando llevo mis tacones. Lo que daría por unas piernas más largas y tonificadas. 

¡Vaya! Qué suerte la mía. Justo tengo que coincidir en la cafetería con esas chicas de la octava planta que van siempre tan arregladas y tan guapas. Arreglada pero informal. Natural y tan brillante. ¿Por qué no usarán nunca rímel? Debe ser por esos grandes y bonitos ojos verdes que no necesitan gafas… ¿Quién va a necesitar maquillaje siendo así de perfecta? Vuelvo al trabajo barruntando la posibilidad de apuntarme al gimnasio dejar de meter barriga y volver a esa ‘mi peso ideal’ que tanto sacrificio gastronómico me suponía y que tan chupada me hace sentir. Deshidratarse sin conseguir el objetivo. 

Tranquila, Bea, si lo importante es lo que llevo dentro. ¿Qué me digo? Si lo importante que llevo dentro jamás me hizo ser popular, ni ganarme la admiración de los demás. Solo ser una rosa genérica que la humanidad compra el lote. Pero, ¿dónde está ahora la chica de las 8 am? ¿Dónde he dejado mi actitud arrolladora del amanecer? No puede ser tan difícil sentirse bien conmigo misma. 

Cada día, en mi rutina de levantarme, trabajar y hacer un poco de deporte, incluyo la costumbre de sentirme fea. Por fuera y por dentro. Si no estoy delgada no estoy sana, si no me pinto los labios no realzo mi belleza natural, si no estás gordita no estás de moda. Pero, ¿qué hacemos esas chicas a las que no se les marca la clavícula o no somos propensas a la obesidad? ¿Dónde quedo yo en este conjunto de estereotipos sociales?

Está claro que o estás en el grupo o estás contra la sociedad polarizada en la que nosotros mismos creamos para vivir. Nada de escala de grises. O eres blanco o eres negro. 

Hoy me siento bonita, bien conmigo misma. Me gusta este chip, y odio el estereotipado que me hace sentirme conmigo mismo según lo que quiera proyectar en los demás. Se pueden hacer maravillas con este cuerpo, ésta cara, una conversación inteligente, comentarios elocuentes, pizca de carisma, gracia para contar anécdotas, tres onzas de sarcasmo y un centímetro de torpeza. ¡Y boom! 

Sería bonito dejar de sentirse saludable por estar en los huesos, que una cara sin maquillaje no levante suspiros y no menospreciar nuestro reflejo en el espejo. El ‘ya quisiera yo tener…’ no sirve para nada.”

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