Juan sin miedo.

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Juan sin miedo.

26
Jun,2015

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Son las 5.46h de un lunes que aún ni siquiera ha empezado y yo ya estoy deseando que acabe. Es la tercera vez que me despierto hoy. La tercera vez que me despierto por estar soñando cosas feas. No veo otra opción. Me recojo el pelo en una coleta mal hecha, busco un cigarrillo, de esos de las emergencias en el último cajón de la mesita, y me asomo a la ventana. Enciendo el cigarro y me pongo a fumar, como si me fuera la vida en ello. Bocanadas de nicotina y alquitrán entran sin parar a mi organismo que se revuelve en señal de alarma. Se defiende. El corazón comienza a irme a mil por hora, y comienzo a sudar por el cuello.

La tercera vez. Esta noche.

Cuando acabo de fumar me lavo las manos, los dientes, me suelto el pelo y me tumbo en la cama. Esto tiene que acabar. Aunque aún me queda la peor parte: saber qué es ‘esto’. Cojo el móvil, en modo avión desde hace un par de días, me pongo los cascos y a todo volumen ‘Civilian’. Recuerdo a mi abuelo sentado en su huerta, con su chato de vino, diciendo eso de ‘¿Cómo encontrar una aguja en un pajar? Pues quemando la paja y viendo la aguja’. Y, si es tan fácil, ¿por qué a mí ahora se me está haciendo tan difícil?

Juan sin miedo, me llamaba mi abuelo mientras estaba allí sentado. ¿Y ahora qué? ¿Me he hecho mayor? Vivo con la constante sensación de llegar tarde aunque no sepa ni a donde voy. Porque en realidad no sé dónde voy. Menos mal que por lo menos tengo claro lo que quiero. ¿Lo tengo?

Me doy una vuelta en la cama, y es imposible dormir. Las sábanas se me pegan a las piernas, la almohada a los mofletes, y el miedo a la garganta. Tomar una decisión por miedo no está bien, ¿y si lo sé? ¿por qué me lo planteo? ¿y por qué me lo pregunto? ¿por qué me hago tantas preguntas? Antes era sé que puedo, y sé que lo quiero, pues al menos lo intento porque no ganar queda muy lejos de perder. Pero ahora no, el miedo se ha apoderado de mi mente y de mi cuerpo. Y hasta he metido nombres en un congelador, esperando que la vida no me roce.

Porque un día la vida me rozó. Sin querer, de casualidad, pero se me erizó la piel. Y entonces todo aquello, esa voz, esas risas, esas noches hablando hasta por la mañana, esas flores, ese afán tuyo por salvarme la vida. Por convertir la vida en aire.

Y entonces, todo lo demás. Los noes. Los síes. Las cartas. La distancia. Toda esa mierda que nos hizo bien.  Que me hizo bien, que me dejaste las cosas claras. Que nos despedimos sin decir adiós. 

Hasta mi torpeza, tu oferta, esa cena. BADABUM. Cuando todo saltó por los aires. Me pediste tomar una decisión, y al final lo que hice fue tomar dos. Dos, que significan lo mismo, soltar lastre. Porque nunca seremos amigos, porque siempre te voy a echar de menos aunque ni siquiera hayas venido y porque cuando tú vas, yo aún no he venido. 

No podemos ser amigos. No quiero ser tu amiga. Eso era este ‘esto’ que no me dejaba dormir. Por eso hoy es martes, son las 7.50 am. Me acabo de despertar. He dormido de un tirón. Juan sin miedo.

 

 

 

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