Gorda, gorda, super gorda.

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Gorda, gorda, super gorda.

19
Feb,2015

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Si tienes la suerte (o la desgracia) de permanecer a mi lado después de algún tiempo aguantándome seguramente sepas que estoy a dieta. Diet, como la Coke esa que ya no puedo beber.

Oh sí, ya podéis llevaros las manos a la cabeza y decir que ‘venga ya’ que ‘sí, hombre’ que ‘no te lo crees ni tú’ y millones de gilipolleces más que se resumen en: TÚ NO ESTÁS GORDA. Y coño, es verdad. No estoy gorda, pero no me gusto gustaba, o no le gustaba a los demás. Entonces, un buen día, después de ponerme como Ramon Sanpiter en Navidad, decidí comprarme una batidora de esas de vaso, taaaaan yankies, y ponerme a hacer una mierda dieta detox.  Sacar del cuerpo todas las toxinas que estaba guardando en las caderas por si llegaba el apocalipsis zombie y tenía que comerme a mi misma, comienzo espinacas, puerros y apio triturados con un poco de agua pimienta y canela para no morir del asco y el sopor mientras eran ingeridos por mi boca acostumbrada a placeres como las manteladas con chorizo o los canelones de mi madre.

Recuerdo perfectamente el día que empecé a obsesionarme por dos cosas: mis muslos, y mis flotadores, los que cariñosamente llamo lorzas. Un día sentada en el coche me miré los muslos, y ohdiosmío, ¡TENÍA DOS! Asustada por tener dos de tamaño propocional para mi cuerpo le pregunté a mi hermano que qué le parecían mis dimensiones y me dijo un literal y ensordecedor: Yo te veo como siempre. Os podéis imaginar que no le hablé en un par de días por blasfemar sobre mis muslos de tal manera. Co-mo si-em-pre. Ni más, ni menos, como siempre. No sé como me podía mentir así si ahora, y no sé muy bien porqué, había llegado a tener dos piernas que bien se podían llamar porras y acabar untándolas en chocolate caliente. ¿Cómo se podía atrever?

Lo mismo me ocurrió con la cintura. Joder, un día me voy a poner unos vaqueros supermegapreferidos recién lavados y que tengo como desde hace mil años, y al cerrar el botón, se me desparramaron las carnes por encima de la cinturilla. Ohdiosmío, ¡me quedaban pequeños un pantalones más usados que los vasos de Litro del bar de la estación de Béjar, y que además ERAN UNA 34. Pray for Sara y su armario en ese momento.

A partir de esos días, como ya os he contado, cuando me miraba en un espejo me agarraba las piernas por detrás, para ver el muslo que quería tener; me sentía mal y me tocaba la lorza cuando me comía dos simples onzas de chocolate; o, cuando iba de compras con mi madre, jamás me probaba pantalones, solo partes de arriba que, según mi punto de vista, me quedaban fatal, y martirizaba a la mía mamma cuando le decía que me estaba convirtiendo en una celulítica de 70 años con solo 26.

Dejé de salir a correr por hobby y lo empecé a sentir como una obligación, no solo podía estar a dieta, también tenía que ponerme en forma. Venga, mañana un kilómetro más. Y al final acababa tan ahogada que, ¿qué ocurrió?, dejé de salir a correr, porque mi cuerpo pasó a entenderlo como un castigo en vez de una diversión, como era hasta entonces cuando me calzaba mis carísimas y queridísimas (gracias, papá) Asics.

Menos mal que noséquedíanienquélugar tuve un momento de lucidez y me pregunté a mí misma que por qué había dejado de quererme y me castigaba tanto, sobre todo mentalmente. Y la respuesta fue mucho más fácil de lo que yo me podía imaginar: o me convierto en una más, o no valgo nada para los demás.

Estaba obsesionada, repito, ob-se-si-o-na-da, por gustar a los demás, o bueno, por intentar gustar a los demás como yo creía que debería gustarles. Es decir, que me vieran y dijeran: ‘está chica está dentro del prototipo perfecto, vamos a comprobar ahora si es gilipollas o no.’ Que me mirara la Inquisición en el trabajo, y no me preguntaran eso de: ‘y tú, ¿por qué no te apuntas al gimnasio?’; o cualquier chico en la calle y no pensara: ‘buah, vaya caderas, no la toco ni por Wifi’. Que mis amigas no me vieran en las fotos de Facebook de mi último viaje en el que me lo pasé teta y pensaran: ‘joder, que piernacas le salen en esa foto’.  En resumen: POR LOS DEMÁS.  Vamos que en vez de preocuparme por mí, por mi soplo en el corazón, me había puesto a dieta y había convertido correr en un castigo para que los demás me valoraran más.

¿En realidad alguien alguna vez me ha valorado por mi físico? Para asegurarme, hice una prueba, y la respuesta fue: NO. Durante tres días me puse pantalones de los que me quedaban pequeños con camisetas cortas, con las que casi se me veía el ombligo, y desde luego la lorza, y me fui a trabajar; salí con mis amigas de compras; a tomar algo con mis hermanos; salí de fiesta y me dejé querer; fui a casa y comí canelones de mamá; y salí a correr con papá y los perros con mis Asics puestas. ¿Y sabéis en qué es lo único en lo que se fijaron en mí que me dijeron en el trabajo, mis amigas, mis padres, el portero de casa y hasta el conductor del autobús? En que no sonreía. No había sonreído, sinceramente, en tres días. A lo que yo contesté, NORMAL ESTOS PANTALONES NO DEJAN DE APRETARME. 😛

Tenía ganas de escribir todo esto, porque estoy segura de no ser la única que a veces se ha castigado por no entrar dentro de lo socialmente aceptado como ‘normal’ y por hacer de cada grano de arena una montaña a la que no sube ni Mahoma. ¿Quién decide qué es normal? ¿Zara? Que vende ropa a precios que no me puedo comprar, o ¿tíos que solo comen proteínas, y se hacen llamar hombres?

Además, no estoy tan mal, en el primer apocalipsis zombie siempre podremos tirar de mis piernas que son churros para cualquier chocolate. Ojocuidao, que mi trabajo me cuesta. Y que solo yo puedo salvarme a mí misma 🙂

sarawan blog

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